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Lunes, 11 Diciembre 2017

Lunes, 11 Diciembre 2017

Tu habitación

Marta Goyoaga González

Desde aquí todavía puede parecer que estás; tus cosas siguen aquí, tal como las dejaste. Pero hay algo en el ambiente que lo niega. Quizás precisamente que todo esté como lo dejaste hace ya 6 años. Supongo que ahora el cuarto está un poco más lleno de trastos y un poco más vacío de ti. Ya no suena tu música, ni sopla el viento en tu ventana, ya no se cuela la luz por debajo de tu puerta, ya no haces ningún ruido.

Ahora que no estás, me parece más fea la habitación, más aburridas las tardes, y menos sabrosos los huevos fritos de los miércoles. A todo le faltas tú.
Reconozco que me cuesta entrar, entrar y que no estés. Por un lado siento tu habitación helada, y por otro me da la sensación de que el aire está espeso y respirar se hace una misión complicada. Sin embargo sigo esperando, esperando a que un día  vuelvas,  y volvamos a reírnos, discutir; simplemente a que volvamos a estar.

Ahora que nos contaminaron con las distancias voy a decir lo más obvio; y es que 2.000 kilómetros duelen más que dos pasos. Te escribo porque es más fácil que decírtelo entre cortes de conexión de una pantalla pixelada. Te escribo porque es difícil ponerle voz a estas palabras sin que se me haga un nudo en la garganta. Y todo esto te lo escribo desde la habitación de enfrente, asomada a la puerta que da directamente a tu cuarto.

Escribo al pasado, al presente y al futuro, a un tiempo para cambiar las cosas, para devolvernos lo que es nuestro, para no tener que echarte de menos cada día. Se castiga con el exilio intentar tener un futuro, a veces incluso un presente. Y entre tanto, los que aún nos quedamos nos sentimos castigados por vuestra ausencia. Hasta que se logre ese cambio, seguiremos mirando la misma luna, seguiremos sonriéndote por la pantalla lo que te lloramos por las noches. Seguiremos. Sé que no te puedo pedir que vengas y que te quedes hasta que pase la tormenta, pero en esta casa todos soñamos con ese día. Ojalá todo fuera más fácil.

He de confesar que he encontrado cierto regocijo a tener que comprimir mis esenciales en maletas  de 21 kilos medidas milimétricamente. A hacer largas colas, despertarme a horas ilícitas y a pasar dos horas y media comprimida entre un señor que se duerme casi encima de mí y una ventana helada. Al menos sé que después de cada aeropuerto estás tú. Y ya sabes que siempre nos encontrarás a los cuatro: papá, mamá, yo y por supuesto la perra. Yo soy feliz de poderte disfrutar esos 15 días al año que conseguimos vernos. De poder sentir por unos momentos que nada ha cambiado, que todo sigue como si nunca te hubieses ido; y por un instante me lo creo. Sin duda alguna te has convertido en mi estación favorita del año (sea cuando sea que vengas).

Desde aquí todavía puede parecer que estás; muchas veces así lo siento. Siento que todavía voy a discutir contigo por quién se ha puesto más patatas fritas, o por los pelos en el cuarto de baño, o por haberte robado una camiseta. Siento que en cualquier instante vas a venir a echarte la siesta conmigo y a enseñarme a cocinar algo sano sano y rico rico; todavía pienso en canciones para enseñarte o series y películas con las que tirarnos la tarde tiradas en el sofá. Todavía te siento cerca.  Sobre todo cuando te escribo estas palabras con vergüenza a que las leas. Porque escribirte es verte de nuevo, es por un instante sentirte con más intensidad y más cerca.

En cuanto a tu cuarto, sigue como lo dejaste, por si algún día te decides a volver y llamarlo hogar.

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