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Lunes, 11 Diciembre 2017

Lunes, 11 Diciembre 2017

La última partida

Elena García Arroyo

Aunque no lo parezca, una de mis mejores facetas es que se me da bien escuchar.

Lo sé, lo sé. Sé lo que estás pensando, probablemente algo así como: “¿Es esto algún tipo de chiste malo?”. En cierto modo lo entiendo; quizás no sea el ser más afable, cariñoso o simpático de este mundo, pero si de algo puedo presumir es de mi devoción hacia una buena historia, y de que, mientras que esta despierte cierto interés en mí, escucharé cada una de sus palabras.

Calculo que, durante mi larga existencia, habré oído más de un millón de relatos a cual más peculiar o sorprendente. Sin embargo, hoy he venido a contarte uno de esos cuentos, un cuento que ha quedado grabado en mi memoria a pesar de mi avanzada edad, y que, dudo, pueda olvidar jamás.

Antes de empezar con la historia me gustaría hacer una breve aclaración: soy alguien muy reservado, solo dejo que se acerquen a mí una serie de personas; únicamente en el momento y lugar precisos y solo si yo quiero. Acéptalo, siempre voy a tener la última palabra y, personalmente, no creo que te convenga discutir conmigo.

Aclaración número dos: no te asustes, de verdad que soy buena, solo un poco fanfarrona. De hecho, me gusta imaginarme como una abuelita de cabello largo, blanco y rizado. Me resulta más acogedor de esta manera, y supongo que a mis huéspedes también.

Pero volviendo al relato; Johanna era una niña de aproximadamente ocho años que encontré en pleno centro de Islandia a las 17:43 de un soleado día de verano. Algo en ella captó mi atención casi de inmediato. No fue simplemente el hecho de que no me tuviese el más mínimo miedo (la mayoría de las personas me temen) sino también su forma de hablar; me habló con un tono de voz que denotaba amabilidad y con una gran sonrisa pintada en el rostro.

—¿Juegas al ajedrez?— preguntó.

Curiosa pregunta para hacerle a alguien como yo.

Acepté su propuesta porque me parecía una petición muy valiente, sobre todo teniendo en cuenta que yo estaba allí cuando se inventó el ajedrez.

Moví el primer peón al tiempo que ella comenzaba a contarme su historia, como hace todo el mundo al conocerme:

Nunca había salido de Islandia, de ahí que su mayor deseo fuera viajar por el mundo entero. Su familia no era muy grande; solo tenía un hermano pequeño de cabello rubio y mejillas rosadas y un perro llamado Timmy. Su padre era un hombre de complexión fornida que siempre estaba contento, y su madre era profesora de inglés y, de alguna manera, había conseguido contagiarle a su hija el gusto por la literatura inglesa.

—De pequeña mi mamá solía leerme Romeo y Julieta, de Shakespeare— explicó Johanna—, me gustaba pasar tiempo con ella. Aunque ahora que ya soy mayor puedo leerlo sola.

Movió su caballo cerca de mi reina.

—Yo conocí a Shakespeare una vez— dije.

La niña abrió mucho los ojos.

—¿En serio? ¿Y co…? ¿Cómo era?

Me sorprendió la ingenuidad de su pregunta.

—Bueno… era un muy buen escritor, eso sin duda… Y yo parecía caerle muy, muy bien. Pero era un poco pesado, también. Cuando hablé con él me dio la sensación de que no se callaría en un siglo ¡A punto estuve de morirme de aburrimiento!

Ambas nos reímos ante la ironía, yo aproveché su momento de vacilación para comerme su alfil. Ella, sin embargo, contraatacó eliminando a mi torre.

—Me gustaría ser escritora— suspiró Johanna.

En ese momento, su sonrisa cristalina me hizo enternecer. Normalmente no suelo sentir ninguna pena al comunicarle a la gente que tienen que quedarse conmigo. Pero con esta niña… con esta niña era diferente; no podía decírselo y luego quedarme sentada a observar como la luz abandonaba sus ojos, simplemente no podía. Así que cambié de tema para tratar de retrasar lo inevitable.

—¿Quién te ha enseñado a jugar al ajedrez?

—Mi papá— respondió con ojos vidriosos— se fue a trabajar a otro país hace un año y no ha vuelto todavía. Mamá dice que no se sabe cuándo regresará. Si no lo hace para entonces, cuando cumpla nueve años iré a buscarle.

—Seguro que le verás muy pronto— mentí.

¡Deja de mirarme con esa cara! ¿Qué querías que hiciera? ¿Decirle la verdad así, sin más? Estas cosas hay que hacerlas poco a poco.

Se me hizo un nudo en la garganta. Y sí, ya sé que te resulta difícil de creer ¿Cómo alguien como yo, con mi edad y con mi trabajo, puede tener la más mínima chispa de compasión?

—Adam, mi hermano, también le echa de menos— continuó Johanna— pero no lo expresa como los demás. Mamá dice que es porque le resulta más difícil que al resto de la gente, pero en realidad es un chico muy listo; se sabe todos los números primos hasta el 6397.

—Vaya, pues sí que es inteligente.

La charla con Johanna transcurrió de forma demasiado rápida. Cuando me quise dar cuenta, solo quedaban dos pares de fichas en el tablero, lo que significaba que la partida estaba a punto de acabar.

Moví mi rey una casilla. Y observé a mi contrincante; era extraño, su piel se había tornado del color del papel y en su rostro se reflejaba el cansancio, tenía los ojos entrecerrados y parecía estar luchando contra el sueño con todas sus fuerzas.

Me arrimé un poco más a ella, sutilmente, consciente de que probablemente ya había llegado la hora.

Pero antes acabaría la partida.

Johanna movió su reina. Yo, mi caballo. Y ella su reina otra vez.

Con cada movimiento me iba acercando más y más, ella no decía una palabra, parecía demasiado cansada para hablar.

Nuevo movimiento, eliminé su torre.

Me aproximé más aún.

Comí su alfil.

Solo nos separaban unos centímetros.

Ella movió su reina.

—Jaque Mate— dijo.

A las 17:44 Johanna abrió los ojos. Un destello de luz la cegó por un segundo. Se encontraba en una sala de hospital rodeada de médicos, enfermeros y un llanto de alegría, el llanto de su madre. Su pulso se acababa de estabilizar y el aire volvía a entrar en sus pulmones. Me quedé observándola desde una esquina, llena de estupefacción. Se me había escapado ¡La niña se me había escapado! ¡Me había ganado la partida! Nunca, y te repito, nunca en toda mi existencia me había pasado algo así.

Los seres humanos sois tremendamente imprevisibles incluso para mí, pero eso es lo que más me fascina de vosotros.

Y sí, por si te lo estabas preguntando, Johanna disfrutó de una vida plena y feliz. Publicó varios libros y dedicó el dinero que sacó de ellos a la investigación contra la leucemia. Jamás dejó de buscar a su padre, pero, desgraciadamente para ella, yo le encontré primero.

No hubo ni un solo instante en el que no la observase, escondida entre las sombras. Por eso, no me pareció casualidad que, ochenta años después, a las 17:43 de un caluroso día de verano volviese a toparme con ella. Sin embargo, esta vez, no hubo charla ni partida de ajedrez…

Solo hubo reconocimiento… y silencio.

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